
Bolívar no es solo un prócer más, es nada más y nada menos que «El Libertador», título oficial, y «Padre de la Patria». Cada ciudad venezolana tiene su Plaza Bolívar con su estatua, el mismo gesto monumental, el mismo pedestal, el mismo bronce o mármol que organiza la liturgia cívica desde la escuela hasta el acto oficial. Sustituir esa estatua por una figura dorada de Trump, puño en alto, con la leyenda «El Nuevo Libertador de VZLA», no ocupa un espacio cualquiera, quita, desplaza, diluye u ocupa el molde exacto donde el país deposita su origen fundacional.
Es memefagia en su forma más radical, porque no hay expulsión ni crítica explícita, más bien, una entronización donde la periferia digital coloca al centro exactamente donde debería estar el padre de la patria, con la estética del triunfo (oro, puño en alto, pedestal intacto) y no con la del reclamo. Es la deglución celebratoria en su punto más extremo al sustituir no solo al gobierno caído, sino al origen mismo de la nación.