Nawará Memezuela es un proyecto de investigación dedicado a documentar cómo Venezuela discute su política a través del meme. Nace en el transcurso de los últimos años a través de un mapeo sistemático del ecosistema memético venezolano. Como dato destacable, el trabajo de campo digital hoy reúne miles de piezas en proceso de clasificación por líneas de lectura.

Dos de esas líneas ya son de conocimiento público bajo conceptos como Memefagia, el cual define cómo la periferia digital venezolana devora y resignifica los símbolos del poder central; y luego tenemos el Antropomeme, que implica una crítica al poder global y local desde la crisis venezolana reciente. Porque acá la disputa no es solo el reflejo de la ludificación memética. Cada pieza de este archivo circuló en un contexto de alta polarización, donde el humor es también territorio en disputa simbólica. Por ello, documentarlo con rigor es la apuesta central de este museo.

Este proyecto es una iniciativa desarrollada en el marco de estudios doctorales cursados en el Programa de Posgrado en Comunicación de la Universidad Federal de Juiz de Fora (PPGCOM/UFJF), bajo la tutoría de los profesores Jhonatan Alves Mata y Paulo Roberto Figueira Leal.

¿Por qué un museo de memes?

Un museo en su sentido más tradicional conserva lo que una sociedad decide que vale la pena recordar mediante formas de arte consagrado, objetos oficiales o versiones autorizadas de la historia. El meme ocupa el lugar exactamente opuesto, debido a que se asume desechable, sin autor, hecho para circular un día y desaparecer al siguiente. Llamar “museo” a este archivo es en sí mismo una toma de posición para disputar qué cuenta como patrimonio. Si una estatua o un discurso oficial documentan una versión del poder, el meme documenta la respuesta popular a esa versión por medio de su parodia, rechazo o chiste. Ambos registros pertenecen a la misma historia política; hasta ahora, solo uno tenía museo.

Este proyecto retoma el precedente de la museología social y del Museo de Memes de la Universidad Federal Fluminense (Brasil), y se apoya en la Carta de la UNESCO sobre Patrimonio Digital (2003), que reconoce este tipo de material como herencia cultural en riesgo de pérdida.

¿Qué hace especial al caso venezolano?

No cualquier país necesita con esta urgencia un museo de memes, pero Venezuela sí, y por una razón puntual. Pocos contextos han convertido el meme en un terreno de trifulca tan denso entre el poder oficial, la oposición, la diáspora y el ciudadano de a pie, como el venezolano de la última década. Por lo que este espacio no se limita a coleccionar los memes más virales o mejor conocidos del centro político. Su apuesta es mapear el terreno real de la disputa a través del chiste cotidiano, la burla anónima o el meme que nunca superó los cien “me gusta”, pero que documenta igual cómo se vivió un apagón, una cola, un trancón. La política, en Venezuela, no solo se discute desde arriba, también se resiste, ironiza y sobrevive desde el humor de todos los días.

Ese compromiso implica una posición de principio que haga del museo un espacio inclusivo contra la reproducción de las lógicas de exclusión que a veces atraviesan al propio humor político mediante el chiste que humilla o el prejuicio que se disfraza de gracia. Documentarlas también es parte del trabajo, para entenderlas y no repetirlas como parte del ciclo que refuerza estigmas y estereotipos sociales discriminatorios. Y además, porque cada meme lleva una fecha, contexto o una coyuntura que lo hizo posible para que este archivo no se quede en el presente. Cada pieza es también una capa de tiempo puesta junto a las demás, permitiendo así excavar el cómo cambió o se repitió la forma en que Venezuela se ríe de su propia realidad social, crisis e imaginarios colectivos.